jueves, 26 de diciembre de 2013

La España fea


Hay una España bellísima. Ciudades y pueblos centenarios, milenarios, con una historia arquitectónica y artística deslumbrante. Parajes naturales que quitan el aliento. Una riqueza lingüística, cultural y gastronómica que pocos países en el resto del mundo tienen. Pero también hay una España fea. Muy fea. Mi madre dice que cuando volvimos de Suiza (se fue en enero del 71, allí conoció a mi padre, que ya vivía allí desde el 63, y allí nací yo, y regresamos en julio del 75) España le pareció, por contraste, muy fea: seca, terrosa y sobre todo sucia: los suelos de los bares repletos de cáscaras de gamba y papeletas rasgadas de rifas, las aceras sembradas de colillas y cacas de perro, la gente hablando a gritos, solares y descampados colonizados por la basura... Si habéis visto la película Balada triste de trompeta, de Álex de la Iglesia, sabréis de lo que hablo: mi barrio era tan feo como los desoladores paisajes urbanos que Álex retrata magistralmente. Os puedo asegurar que en esa película se curraron un trabajo de ambientación y localizaciones brutal. Cerca de donde vivo ahora, en el Paseo de Extremadura, todavía persisten tramos de viviendas de la era franquista que no tienen mucho que envidiar en cuestión de fealdad a los bloques de pisos de los países del Este, aquellos monstruos pintados de gris contaminación. Después de haber vivido en la verde y civilizada Suiza, de la que  mis padres afirman que fue donde vivieron los mejores años de su vida, el choque tuvo que ser tremendo.

Más feo que el payaso de "It" O_o

No estoy afirmando que Suiza sea el país perfecto. No sólo tiene una faceta muy fea en su opacidad bancaria. También, en el mismo año en que llegó mi madre, se aprobó por fin que las mujeres pudieran votar; una anomalía en un país que, sin embargo, destaca por la alta participación de su población en su sistema democrático gracias a la celebración regular de referendos. Otra peculiaridad es el servicio militar: un porcentaje de los hombres que lo realizan permanece durante años como reservistas, con la obligación de guardar en su casa la famosa navaja suiza y sus armas personales, lo que produce situaciones curiosas, como una vez en que mis padres estaban en casa de unos amigos celebrando una fiesta y un vecino bajó a solicitarles amablemente, rifle en mano, que bajaran el volumen de la música.

A pesar de eso, el nivel de vida suizo en muchos aspectos está a años luz del nuestro. Por poner un ejemplo, cuando era pequeña mi madre me llevaba a una guardería gratuita que, en principio, era para madres solteras, aunque admitían también a hijos de casados como mis padres. Lo de las guarderías públicas era algo que se daba por descontado. Aquí seguimos sin llegar a ese nivel ni cuarenta años después, en pleno siglo XXI. Los derechos de los trabajadores también se respetaban a niveles que aquí tampoco hemos alcanzado aún. Por desgracia, hoy los emigrantes no son bien recibidos como entonces, cuando la mano de obra del resto de Europa levantó la economía suiza, y hay un importante núcleo xenófobo instalado en su sociedad. Pero al menos entonces mi padre era tratado con un respeto en la fábrica por parte de sus superiores del que no ha vuelto a gozar aquí. 

"¡Joder! ¡En el plano venía bien clarito que había una piscina!"

Así que cuando mis padres volvieron conmigo a España (más que nada porque, o era volver antes de que yo empezara el colegio, o ya era prácticamente quedarse allí para siempre), se encontraron con una España fea y sucia, producto de cuarenta años de dictadura que habían sumido al país en la miseria. Porque la pobreza es otra historia. Puede haber dignidad en la pobreza, aunque sea difícil mantenerla. Pero la miseria siempre es indigna, y con esa falta de dignidad se engancha como una garrapata y se infiltra como agua de alcantarilla hasta los huesos. Especialmente la miseria moral, que tanto abundó en el franquismo; que fue lo que lo sustentó, de hecho. En estos últimos treinta y tantos años, hemos hecho lo que hemos podido por sacarnos esa miseria de dentro, por limpiar el país, por devolverle la belleza que los años habían ajado y que la suciedad de siglos siempre había ocultado. Pero la miseria permanecía en el subsuelo, esperando el momento propicio para volver a aflorar. Empezó a hacerlo por donde menos nos lo esperábamos: por todos esos barrios nuevos, aparentemente lustrosos, de bloques de pisos clónicos con patios de vecinos ajardinados y apiscinados, que nos hicieron creer que todos éramos ya clase media, que la caspa pintada de colores ya no es caspa sino confeti. Irónicamente, el dinero con el que se pagaban esos pisos circuló por las cloacas de forma tan subterránea como fluida, removiendo la miseria subyacente hasta que ésta brotó como géiseres que hicieron saltar las tapas de las alcantarillas y nos salpicaron a todos. Lo llamaron crisis, y con la excusa de evitar la vuelta a la pobreza, nos están hundiendo en la miseria de nuevo. Los herederos del franquismo vuelven a campar a sus anchas y para reinstaurar su reinado de miseria recurren a leyes viejas disfrazadas de nuevas. ¿Y qué ocurre cuando intentas disimular la vejez a base de capas de maquillaje? Que se resalta la fealdad.

No quiero una España fea. Ni aunque me la maquillen con buenas intenciones, como el anuncio de esa marca de charcutería, o como ese programa de la 1 en la que ejercen la caridad de la España rancia y fea de cuando vivía ese señor bajito y feo. Quiero una España con la cara lavada. A lo mejor no es tampoco demasiado guapa. Pero con que sea normalita me vale. 

PD: prometo que mi próxima entrada será menos intensa :P. Por si no me da tiempo a escribir nada antes, feliz 2014 a todos :).

lunes, 16 de diciembre de 2013

FEMEN ¿ismo?

Hace ya tiempo mi amiga Luci Rodríguez me sugirió que escribiera algo sobre las Femen, porque le interesaba mi opinión, a raíz de otra entrada que escribí en este blog sobre el feminismo. Por supuesto, lo que escribo siempre es eso, mi opinión, que como tal nunca es completamente objetiva e imparcial, y puede estar perfectamente equivocada. Así que ni de lejos pretendo sentar cátedra, faltaría más. Sólo escribo esto porque me lo pidió Luci y porque me parece que es un tema sobre el que es necesario debatir, así que aceptaré sin problema todas las opiniones que queráis expresar sobre ello.

Para empezar, ni yo misma tengo una opinión clara sobre el asunto. Más desde que descubrí esta noticia:


Según el documental Ucrania no es un burdel, de la cineasta Kitty Green, que trata de Femen entre otros asuntos, Femen habría sido fundado en realidad por un hombre, Victor Svyatski, que además trataba a las integrantes del grupo de forma autoritaria y muy poco feminista.

¿Qué quiere decir esto? ¿Femen es una farsa? Al parecer, Svyatski ya no lidera el grupo, que ahora sí estaría controlado por mujeres. Aun así, si se comprueba que, efectivamente, la fundación del grupo fue producto de un montaje, ¿eso invalidaría su causa, aunque ya no lo guíen intereses espúreos? Supongamos que ya no están de por medio esos intereses ajenos y que Femen son lo que dicen ser: un grupo de feministas que para reivindicar los derechos de las mujeres utilizan un reclamo lo suficientemente llamativo como para atraer la atención de los medios sobre las causas que apoyan: su cuerpo. Concretamente, sus pechos. 

Va a ser que todas son jóvenes y ucranianas porque son las únicas que aguantan el frío en bolas

Es evidente que consiguen llamar la atención. No hay más que recordar el revuelo que armaron cuando se presentaron en el congreso de los diputados al grito de “¡Aborto es sagrado!” [sic] para protestar contra la nueva ley del aborto planteada por Gallardón que planea aprobar el gobierno, suponemos que en breve. Sirvió para reavivar, al menos por unos días, el debate sobre una ley que desde luego nos afecta a todas las mujeres. Ahora bien, ¿cualquier método es lícito para llamar la atención sobre una ley que se considera injusta? ¿Hasta qué punto beneficia o perjudica a la causa feminista que las Femen lleven a cabo sus reivindicaciones con los pechos al descubierto?

Hay quien opina que lo que hacen es desacreditar al feminismo, ya que utilizan como arma lo que el feminismo debería despreciar: esto es, que las mujeres usen sus cuerpos como un medio para lograr sus objetivos. Otros creen que mientras sirva para reivindicar los derechos de las mujeres, es admisible; es más, enseñar los pechos sería un paso más en el camino para eliminar los tabúes sobre la desnudez en público: si el cuerpo humano, y más una zona con tantas connotaciones como los pechos femeninos, deja de ser secreto, perderá sus atributos pecaminosos y prohibidos, lo que sería otra forma más de liberación sexual y social. Respecto a esto, uno de los reproches que se le hacían a Femen (y que, por lo que se comenta en el documental antes citado, parece confirmarse que así era) es que las activistas seleccionadas para el grupo eran siempre chicas jóvenes y atractivas, lo que ya de por sí resultaba sospechoso. Pero tampoco me extrañaría que, aunque no hubiera existido esa selección, de todas maneras pocas de sus activistas fueran mujeres maduras o con cuerpos imperfectos (que también hay chicas jóvenes que tienen los pechos caídos; no habría que aclarar esto si no fuera porque desde que se inventaron los implantes de silicona parece que buena parte de la sociedad lo ha olvidado :P). Aparte del tabú social sobre la desnudez, la presión social sobre el aspecto físico de las mujeres sigue siendo tan fuerte que muchas todavía nos avergonzamos de mostrar nuestro cuerpo en público si no es perfecto; yo misma nunca he hecho topless, por ejemplo. Así que, por paradójico que parezca, enseñar los pechos podría ser una forma más de liberación femenina.

En fin, no tengo del todo clara mi opinión sobre las Femen, porque hay muchos argumentos a favor y en contra de sus actuaciones. En cualquier caso, no me importa tanto que una mujer proteste contra el machismo en bolas o vestida de lagarterana. Mientras tenga claro por qué lo hace y, sobre todo, lo haga por su propia voluntad y de forma que no se pierda el respeto a sí misma y a las mujeres en general, ya es algo.

jueves, 12 de diciembre de 2013

La sartén por el Mango


Desde hace unos días se ha desarrollado una polémica acerca de una línea de ropa recién sacada por la cadena Mango de la que ésta no dice expresamente que sea de tallas grandes, pero el hecho de que abarque desde la talla 40 hasta la 52, que no son tallas habituales en sus tiendas, da a entenderlo. En principio no debería ser malo que Mango empiece a vender tallas más grandes de las que suele comercializar, pero el hecho de que en una línea que parece más enfocada hacia esas tallas grandes se hayan incluido tallas que se consideran normales, como la 40 y la 42, es lo que más ha molestado. ¿Están dando a entender que una mujer que usa una talla 40 ya tiene sobrepeso? 
 
 
Ella no podría comprar en Mango
Esa cuestión es la que más debate ha suscitado, pero a raíz de otros comentarios, como el de este blog: Os consideran inferiores, me he dado cuenta de que nos quedábamos en la superficie del problema nada más. Ya hace tiempo, en este mismo blog, me quejaba de la poca variedad que hay de ropa para embarazadas, ya que la sufrí en mis propias y redondas carnes cuando estaba embarazada de mi hijo. Aunque a mí me parece que por falta de clientela no será, algunas personas me dijeron que a los fabricantes no les merecía la pena esforzarse en producir más variedad de prendas. Si te conformas con apañártelas con tres o cuatro cosas, porque, total, para unos pocos meses que las vas a usar, ¿por qué te vas a complicar la vida y a gastarte un pastón?, pues ellos lo simplifican más aún, y eso que ganan en ahorro de costes. Sé que es posiblemente una forma muy simplificada de contemplar el problema, y no tengo todos los datos disponibles ni soy una experta en el tema. Quiero que esto se entienda como las reflexiones de una lega en la materia, pero que está tan interesada como cualquiera, porque me afecta como a todos.

Ella tampoco, pero porque no le pagan lo suficiente
Creo que de ahí viene toda la cuestión: lo que los empresarios quieren, desde siempre, es conseguir el máximo rendimiento de sus productos con la mínima inversión. Y esto se extiende a todos los ámbitos: desde la producción en países tercermundistas, en los que millones de personas producen en masa productos de calidad mínima a cambio de salarios de miseria en condiciones de esclavitud (y no creo que ninguna multinacional, y por supuesto dentro de esas multinacionales ninguna cadena de tiendas de ropa, se salve de la quema), hasta la venta de esos productos, por los que te cobrarán el máximo precio posible, o al menos un precio que a ti te parecerá asequible para que piques más fácilmente pero seguirá reportándoles ganancias, pasando por el diseño de dichos productos, que busca minimizar y rentabilizar todo lo posible esos gastos de producción: patrones muy simples que no contemplan variaciones antropométricas para no tener que complicar la producción, tejidos de baja calidad y por tanto más baratos, y, por supuesto, pocas tallas disponibles, para que seas tú quien se moleste en embutirse en la talla que más cercana esté a la forma real de tu cuerpo, en vez de producir más variedad de tallas a riesgo de que algunas se vendan en poca cantidad y den menos ganancias.

Me diréis que eso no explica por qué, si se trata de fabricar las menos tallas posibles y que nos adaptemos a ellas (en lugar de al revés, como sería lógico), se fabrican más precisamente las tallas que aparentemente menos se usan, esto es, las pequeñas. ¿No sería lo normal que, ya que, por constitución y por la vida sedentaria que llevamos, la mayor parte de las mujeres (hablo de mujeres porque son las que más dinero gastan en ropa habitualmente, aunque es una generalización, por supuesto) tenemos más tendencia al sobrepeso que a la delgadez, se fabricaran más tallas grandes que pequeñas, para que las empresas tuvieran más mercado disponible al que vender sus productos? Ah, pero no se trata simplemente de vender, o de vender más. Hay que convencer a la gente de que tiene que comprar, de que lo necesita, de que lo DESEA. Está en la naturaleza humana desear lo que no se tiene. Así sucede que, en épocas de escasez (es decir, durante una buena parte de la historia de la humanidad) las mujeres eran consideradas más deseables si estaban más entradas en carnes, y ahora que en el primer mundo ocurre al revés y la abundancia de alimentos propicia la gordura, lo raro, y por tanto lo deseable, es la delgadez. Así pues, si la mayor parte de las mujeres desean estar delgadas, los fabricantes producirán más tallas pequeñas, para que las mujeres las compren, quepan o no en ellas: si no caben, ya harán lo posible por caber. De paso, también otros fabricantes y empresarios hacen negocio con productos de adelgazamiento, gimnasios, etc. Una mujer satisfecha con su cuerpo probablemente no tenga tanta ansia por comprar ropa, porque ya está contenta con la que tiene, ya que se ve bien con ella. Y si la ropa es de buena calidad, se puede tirar años sin comprarse prendas nuevas.

Eso no interesa, por supuesto. Para que la maquinaria consumista funcione, tenemos que mantenernos permanentemente ansiosas por comprar lo que creemos que nos va a favorecer, aunque a la hora de la verdad no sólo no nos favorezca sino que nos siente como el culo. Imagino que también el cambio de modas a toda velocidad está relacionado con eso. De hecho, en los últimos años se ha disparado a extremos ridículos: como ya no se producen apenas ideas nuevas, se han ido reciclando sucesivamente los años setenta y ochenta en cuestión de unas pocas temporadas, y ya estamos empezando a reciclar los noventa, que ya reciclaban a los setenta... Dentro de dos temporadas, vaticino que se llevarán los miriñaques combinados con casacas rusas repletas de tachuelas, o alguna mezcla semejante. En cualquier caso, se trata de crear constantemente nuevas “necesidades”. Dentro de eso, el promover un modelo estético basado en la delgadez es un mecanismo más para conseguir que la maquinaria consumista siga rodando. Lo peor de todo es que ni siquiera han tenido que inculcarlo descaradamente; no hace falta buscar teorías conspiranoicas sobre diseñadores homosexuales que odian a las mujeres y chorradas semejantes. La semilla de la insatisfacción está en nuestra propia naturaleza, y los comerciantes, sean grandes o pequeños, sólo tienen que explotarla a su favor.

Entonces, me diréis, ¿qué hacemos? ¿Renunciamos a comprar ropa y nos la fabricamos nosotros mismos? Cada vez hay menos gente que sepa confeccionarse su propia ropa, o que no tiene tiempo para ello porque ya están ocupados con sus trabajos todo el día (el que aún lo tiene, claro). ¿Recurrimos entonces al pequeño comercio y a los artesanos que producen su ropa de forma más artesanal, ética y ecológica? Ah, pero cuesta más producir ropa de esa manera y por lo tanto sale más cara, y no sólo es posible que no nos la podamos permitir, es que aunque pudiéramos ya nos hemos acostumbrado a los precios de saldo de las tiendas de chinos, o a las rebajas de las tiendas de ropa de las cadenas más conocidas, y pagar más por una prenda, aunque sea de mejor calidad, ya se nos antoja un abuso, tan mal acostumbrados estamos a no valorar el trabajo. Por cierto, que la situación está a punto de dar otra vuelta de tuerca, si las previsiones se cumplen y no hacemos nada para evitarlo: dado que el fin último de la crisis y las reformas laborales y sociales que se han legislado en los últimos años para, en teoría, solucionarla, parece que es que nos convirtamos en otro país productor al estilo chino, con obreros no cualificados, el futuro de los españoles se perfila como el de unos canis con aspiraciones a poder volver a consumir como pijos de antes de la crisis: la situación perfecta para mantenernos atrapados en una espiral de consumismo low cost, dando vueltas como hámsters que corretean encerrados en sus bolas sin llegar a ninguna parte, agobiados como están sin ver más allá de su minúsculo horizonte. Todo está calculado, todo encaja.

¿Cuál es la solución, entonces? Lo de tirarse al monte nos tienta a muchos, pero a la hora de la verdad muy poca gente está dispuesta. Pero tampoco nos sentimos cómodos dejando que el sistema siga como está. No puedo daros una solución, desde luego. No estoy capacitada para ello, poca gente lo estaría; hay tantos factores implicados que la situación es demasiado compleja para resolverla de un plumazo. Es más, seguro que podéis rebatirme con argumentos mucho mejor razonados que los míos lo que he escrito a vuelapluma en dos ratos que he tenido libres. Pero creo que, por lo pronto, podríamos empezar por preocuparnos menos por la talla que usemos. Es mejor para nosotros en todos los sentidos, y será un eslabón menos que añadir a la cadena consumista.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Made in heaven


Al cabo de un buen tiempo, por fin tengo un ratejo para escribir otra entrada... Y, como suele suceder, no es la que tenía en mente (queda pendiente para la siguiente entrada) sino otra que me han sugerido la inspiración y el momento. Han coincidido varias circunstancias: llevo un tiempo leyendo, los ratos que Eric me deja libres, la autoproclamada biografía definitiva (por lo menos bastante completa sí que es) de Freddie Mercury, escrita por la periodista musical Lesley-Ann Jones y publicada en España por Alianza Editorial, que le regalaron a Carlos pero que yo se la he cogido “prestada” porque me apetecía :P. Hace pocos días también, concretamente el 24 del mes pasado, fue el aniversario de la muerte de Freddie. Y el domingo fue el día mundial contra el sida. Así que llevo varios días escuchando a Queen y a Freddie en solitario, viendo vídeos suyos y empapándome de su espíritu. De modo que no me quedaba otra que dedicar esta entrada al que para mí es el mejor cantante de rock de todos los tiempos. Un hombre que llevó una vida tan complicada como su propio carácter, que oscilaba entre el carisma arrollador del cantante en el escenario, la educación british rayana en la timidez patológica del hombre fuera del escenario, los arranques de ira cuando algo no funcionaba del músico y compositor que aspiraba a la perfección y el desenfreno del hedonista en la vida privada que en el fondo ansiaba desesperadamente el amor absoluto que nunca consiguió.

En la biografía, aunque dan una cobertura bastante amplia a la vertiente musical de Freddie dentro de Queen y en solitario, se centran sobre todo en su vida privada. Por una parte es lógico; es una biografía, no una monografía musical, aunque a veces he echado de menos que la autora se explayara más en la descripción de cómo se produjeron los discos de Queen (hay un documental sobre la producción de “A Night at the Opera” que es apasionante, fueron unos auténticos pioneros en la grabación en múltiples pistas), pero la vida de Freddie es tan apasionante y está tan relacionada con su trabajo que es inevitable. Desde pequeño tuvo claro que quería ser una estrella, y se preparó para ello a conciencia. Curiosamente, cuando los demás componentes de Queen le conocieron, no fue la primera opción que tenían como cantante para su grupo y tardaron un poco en caerse del guindo... Afortunadamente para ellos por fin se dieron cuenta de su potencial. Fue una conjunción de cuatro talentos complementarios como no se ha dado posiblemente en toda la historia del rock, y eso se nota desde el primer disco, que ya contiene canciones geniales. 

Encima adoraba los gatos, ¿qué más se puede pedir?

A partir de ahí la progresión sólo podía ir para arriba, y Freddie no tardó en conseguir lo que deseaba: fama, fortuna, reconocimiento de su talento... Pero, como reza el tópico, tuvo que pagar su precio por ello. La autora de la biografía es muy diplomática, pero aun así se ve claramente que la vida íntima de Freddie fue muy complicada; no sólo porque fuera gay (lo que, aunque era un secreto a voces, nunca confesó publicamente por no disgustar a sus padres), a pesar de lo cual tuvo al menos dos relaciones importantes con mujeres, sino porque oscilaba continuamente entre el anhelo de encontrar la pareja perfecta con la que compartir su vida y la promiscuidad desenfrenada a la que se entregaba porque en el fondo sabía que lo que anhelaba era poco menos que imposible. Era consciente de que su condición de estrella del rock le impedía llevar una vida normal, aunque no era algo de lo que se quejara. Como él mismo dijo (cito de la página 16 del prólogo de la biografía): “Sabéis, eso es exactamente lo que no me deja dormir por la noche. (…) He creado un monstruo. El monstruo soy yo. No puedo echarle la culpa a nadie más. Es por lo que llevo trabajando desde que era niño. Habría matado por conseguir esto. Me ocurra lo que me ocurra, es todo culpa mía. Es lo que yo quería. Es lo que todos nos esforzamos por alcanzar. Éxito, fama, dinero, sexo, drogas, lo que uno quiera. Yo puedo tenerlo. Pero ahora estoy empezando a darme cuenta de que, de la misma forma que lo he creado, también quiero huir de ello. Empieza a preocuparme el hecho de que no puedo controlarlo, y que en realidad eso me controla a mí. (…) Intento separar mi vida privada del intérprete público, porque es una existencia esquizofrénica. Supongo que ése es el precio que tengo que pagar. No me malinterpretéis, no soy un pobrecito millonario. La música es lo que hace que me levante por la mañana. Tengo verdaderamente muchísima suerte.”

Pues sí, aunque parezca mentira no nació con bigote :P    




Aunque no hablara de ello públicamente (estas declaraciones las cita la autora como parte de una conversación que tuvo con ella en privado, no como parte de una entrevista, y no las reveló hasta que escribió esta biografía, escrita mucho después de la muerte de Freddie), en sus canciones sí expresaba sus sentimientos. Los cuatro miembros de Queen eran compositores activos y con mucho talento, pero las canciones de Freddie solían destacar no sólo por su creatividad, sino también por su emotividad. De él son algunos de los éxitos más memorables de la banda, como “Somebody to love”, que era por cierto la canción favorita de su madre y de él mismo:


Otra canción que destaca por esa emoción y porque resulta evidente en ella su amor por la ópera (la frase inicial toma la melodía de “Vesti la giubba”, el aria más famosa de Pagliacci, la ópera de Ruggero Leoncavallo), es “It's a Hard Life”. Un vídeo de lo más barroco, en el que aparecía buena parte del “séquito” de amigos y colaboradores de Freddie:




Y no puedo terminar sin incluir la canción más famosa de Queen, que es también composición de Freddie, y además tiene un significado especial para mí por motivos particulares, por lo que le tengo mucho cariño. Sobre su significado se ha especulado mucho (hay quien dice que expresaba de manera metafórica la “salida del armario” de Freddie, al menos en su círculo de amistades, pero Freddie siempre guardó un discreto e irónico silencio sobre el tema). En cualquier caso, es una obra maestra del rock, de la que, por su formato rompedor, muchos dudaron que tuviera éxito antes de ser publicada. Por supuesto, en cuestión de pocos días se aupó al número uno de las listas de éxitos y casi cuarenta años después (se dice pronto) sigue siendo un clásico de la historia del rock. Estoy hablando, por supuesto, de “Bohemian Rhapsody”.


Bohemian Rhapsody

(Lamentablemente tengo que poner un enlace en vez de poder subir directamente el vídeo porque el Youtube está tonto. Supongo que será cuestión de derechos de autor ¬¬).

Aunque el sida produjo en él un deterioro rápido y muy doloroso, siguió trabajando prácticamente hasta el final de sus días, y no había perdido un ápice de su talento. La prueba más clara es Innuendo, que fue publicado pocos meses antes de su muerte; sólo hay que escuchar “The Show Must Go On” para comprobarlo. ¿Qué habría sucedido de no haber muerto Freddie prematuramente? ¿Habría mantenido ese nivel? ¿Habría envejecido con dignidad, como lo ha conseguido su amigo David Bowie, o no habría podido evitar convertirse en una parodia de sí mismo? Creo que, aunque hubiera perdido facultades vocales (lo que es natural), el talento se habría mantenido intacto y su maestría a la hora de componer grandes canciones habría aumentado incluso con la experiencia. No parecía que estuviera precisamente falto de ideas. De todas formas, nunca lo sabremos. Da la impresión de que era una de esas personas que, como las supernovas, están destinadas a brillar tan intensamente que por fuerza se apagan demasiado pronto. Como otros grandes mitos, murió aún joven y en la cumbre del éxito. Aunque seguro que él habría preferido vivir más años y que le dieran por saco al mito, aun a riesgo de acabar anunciando lotería con su querida y admirada Montserrat Caballé :P. Pero, como reza otro tópico, siempre vivirá en sus canciones. Gracias, Freddie.


domingo, 15 de septiembre de 2013

Pitusa


Hoy ha muerto mi primer amor. Se llamaba Pitusa, tenía diecisiete años y medio, los ojos verdes y el pelo atigrado con un mechón inconfundible de color anaranjado sobre el hombro derecho. Mi madre, pobre, me ha dado la noticia hace pocas horas. Nos lo esperábamos; era muy viejita, sufría desde hacía un tiempo de algunos achaques, hacía poco había tenido una infección que la había dejado muy floja y llevaba tres días sin comer ni beber nada. Aun así me he llevado un disgusto que no me he llevado con personas que en teoría me tenían que importar más. Porque esas personas no me dieron el amor que ella me ha dado, incluso ahora que llevo ya tiempo viviendo fuera de casa de mis padres y sólo voy de visita; aún se dejaba acariciar, me maullaba reclamando mimos y a veces me buscaba para que la dejara amasar en el hueco de mi codo, como cuando era pequeña. Porque una vez fue pequeña, tanto que sus patitas traseras no le respondían bien aún y se resbalaban cuando andaba sobre el suelo embaldosado de la casa de mis padres. Mi hermano la trajo metida en una caja de zapatos, envuelta en algodones, y me la pasó de contrabando para que la custodiara en mi habitación por la noche, hasta que le diéramos la noticia a mi madre a la mañana siguiente. No hizo falta: entró mi madre a mi habitación para tender la ropa por mi ventana y mientras la Pitusilla se puso a maullar debajo de mi cama. Mi madre se llevó un susto cuando la vio aparecer de repente de debajo de la cama y al principio se negó a que nos la quedáramos, pero al final aquella bolita de pelo que apenas maullaba por encima del umbral auditivo la conquistó y se acabó convirtiendo en la niña de sus ojos. Luego se convirtió en una joven descarada que practicaba el funambulismo en la barandilla del balcón, y después en una señorona que recibía a cualquiera que viniera de fuera con bufidos y salidas de escena dignas de una diva, y por último en una viejita que se tiraba casi todo el tiempo tumbada en la cama de mis padres, mimetizada entre los peluches, pero siempre ha sido mi niña, mi gatita mimosa. Ayer estuve en casa de mis padres, y casi me echo a llorar cuando, para ayudar a mi madre a que le diera agua con una jeringuilla, la levanté y me di cuenta de que, siendo tan grande como Bu (siempre fue muy grande para ser hembra), pesaba casi tan poquito como Leia, que es una hembra pequeña; con la vejez se había quedado delgada porque había desarrollado intolerancias alimenticias y comía poquito de unas latas especiales, pero ahora, después de la infección y de varios días sin comer, estaba casi consumida. Mi hermano y yo hablamos por teléfono con un par de veterinarias que hacen visitas a domicilio, por si podían venir a verla, pero ya era más tarde de lo que creíamos. Hoy mi madre ha sido la que se ha dado cuenta de que había dejado de respirar, tumbada en su cunita, Sé que ha dejado de sufrir, pero no puedo evitar que me duela. Me queda el consuelo de que la hemos querido y mimado mucho, aunque también me queda la cosa de que nunca es suficiente. También me quedan los recuerdos: cuando se metía en una de las zapatillas de mi hermano y sólo le asomaba el rabito; cuando se resbaló del poyete de la ventana de la cocina por querer atrapar un pájaro, y sólo se hizo un raspón en el culo; cuando celebró sus primeras navidades robando una chuletita de cordero de la encimera de la cocina en menos de un segundo, cuando mi madre se dio cuenta ya se la estaba comiendo; cuando se pegaba a mis piernas por encima de la manta todas las noches, acurrucándose en el hueco de mis corvas para que le diera calor mientras dormíamos; cuando me clavaba las uñitas en el brazo mientras amasaba y aun así yo aguantaba porque me encantaba tenerla en brazos... Mi gatita, mi niña, gracias a ti he aprendido a amar a los gatos y al resto de los animales. Siempre serás mi primer amor. 



viernes, 30 de agosto de 2013

Mater amantisima

Aquí estoy de nuevo. Ya avisé que podía ponerme un poco monotemática, dadas mis circunstancias personales... Si no os apetece, no lo leáis, que lo entenderé perfectamente. Pero cuando estás inmerso en algo que marca tanto tu vida, no puedes evitar darle vueltas.

Voy al grano, que será mejor: hace no mucho Carlos y yo vimos un documental en la 2 en el que precisamente se entrevistaba a varias familias sobre su experiencia como padres. No estaba mal y, como interesados en el asunto por razones obvias, nos pareció interesante, pero para empezar tenía un sesgo bastante marcado que a mi parecer no reflejaba lo que es la realidad de la mayoría de las familias españolas: salvo tres casos (una pareja de inmigrantes rumanos, una mujer que llevaba tiempo divorciada y otra que directamente había tenido a su hijo estando soltera), el resto eran familias bastante pijitas que lo pintaban todo de color de rosa: que si era la experiencia más importante de sus vidas, que era alucinante, que no lo cambiarían por nada, que sus hijos eran lo más maravilloso del mundo mundial.... No digo que mintieran, pero cuando dos de esas parejas admitieron que contaban con la inestimable ayuda de señoras que llevaban toda la vida ocupándose de las tareas del hogar y de cuidar a sus hijos mientras ellos trabajaban en ocupaciones liberales y bien remuneradas, te cuadraba todo más. Precisamente las únicas que admitían que a veces la maternidad les había resultado muy dura eran las dos mujeres que no tenían pareja (una de ellas era funcionaria y la otra también tenía un empleo  normal, no recuerdo cuál) y los rumanos directamente exponían su situación, sin quejarse pero sin edulcorarla: su objetivo era trabajar para ganar todo el dinero posible que les permitiera volver a su país o al menos vivir en éste en unas condiciones dignas y mientras se ocupaban de sus hijos lo mejor que podían.

Pero la intervención que más me llamó la atención fue la de una mujer que se podía incluir más en el bando “pijo”: si no recuerdo mal, se llama Inés París y es guionista y directora de cine. No conozco su trabajo, así que no sé si es mejor o peor ni tampoco viene al caso. Su situación era un poco diferente de la de las otras familias “pijas”: se había separado del padre de su hija y la había criado ella sola. Pero lo que más me impactó fue su actitud: reconocía que su maternidad no había sido algo planeado, que le había perjudicado laboralmente porque le pilló en un momento en que podía haberse lanzado a trabajos más ambiciosos de dirección y en cambio le hizo acomodarse a la escritura de guiones porque le ocupaba menos tiempo y era más fácil y compatible para ella con la crianza de su hija, y que en muchas ocasiones dicha crianza le había consumido un tiempo que habría preferido dedicar a otras cosas. Quería mucho a su hija, por supuesto, pero se desmarcaba del discurso imperante en el resto de familias: “entrega absoluta, amor absoluto, los hijos son lo mejor que te puede pasar”, etc. Admitía que cuando el médico le dijo que podía darle un biberón de vez en cuando a su hija (que entonces contaba con tres meses de edad), le enchufó un primer biberón, y un segundo, y un tercero, y el resto, porque tener que estar pendiente de darle el pecho le parecía algo que le restaba mucha autonomía. La verdad, dicha afirmación me pareció irresponsable en aquel momento, pero pensándolo luego, aunque yo no haría lo mismo que ella, agradecí su falta de hipocresía, y creo que puedo llegar a entenderla. Si yo, que he tenido a mi hijo por propia voluntad, siendo perfectamente consciente de la responsabilidad que adquiero con ello, dispuesta a aceptarla, y sin tener que renunciar a un trabajo por ello, porque en el momento en que me quedé embarazada estaba en paro y de todas formas mis perspectivas laborales, incluso sin hijos, ya son bastante penosas, así que tampoco me estoy perdiendo nada muy relevante, y además he tenido la suerte de que mi hijo en general es bastante bueno y me da la guerra justa que tiene que dar cualquier bebé, y de que su padre colabora en su crianza todo lo que puede, y hace mucho a pesar de que tiene que ausentarse de casa más de la mitad del día por la típica jornada laboral partida; aun con todo eso, digo, hay días que me encantaría que Eric tuviera un botón de on/off para poder apagarlo un ratito... Entonces, puedo comprender que haya muchas mujeres para las que la maternidad no sea lo mejor que les pueda pasar en la vida, sobre todo si no les ha llegado de forma voluntaria. En fin, que me estoy metiendo de abogada del diablo, porque personalmente no me puedo quejar, pero sé que hay muchas mujeres que no tienen la misma suerte que yo.

Precisamente lo que contaba esta mujer en el documental me hizo recordar cierto mensaje que hace tiempo circulaba, primero como cadena de correo y más tarde como otro mensajito más de Facebook. Me imagino que muchos de vosotros, al menos de los que tenéis cuenta en Facebook, habréis acabado hartos de ver fotos de niñas con síndrome de Down con un mensaje al pie que reza “dale al like si piensas que es bella”, o de niños con cáncer o alguna malformación grave y otro mensajito similar del tipo “dale al like si piensas que es un campeón”, etc. Chantaje emocional puro y duro que no le hace ningún favor a esos niños y a ti te deja con mal cuerpo y ganas de fostiar al listillo que se las da de guay a costa de explotar la sensiblería del personal creando esos mensajes, haciéndote quedar como un desalmado si no le das al “me gusta”. Ésta es la versión extrema, pero ya digo que hace tiempo circulaban en cadenas de correo, y luego tuvieron una segunda vida en el Facebook, otros mensajes más sutiles pero que pueden ser también bastante perniciosos. El que recordé en concreto a raíz de este programa sobre la experiencia de tener familia era uno en el que se ensalzaba el papel de la madre: la que siempre te da su amor incondicional, la que lo da todo sin esperar nada a cambio, la que responde a las ofensas con una sonrisa, y un sinfín de cualidades más a medio camino entre la superheroína con poderes paranormales que le permitían hacer absolutamente cualquier cosa de forma perfecta y el equivalente a la madre Teresa de Calcuta con un chute de endorfinas por añadidura. Vamos, una santa de toda la vida. Por supuesto, el mensaje culminaba con la sugerencia de que lo compartieras si querías a tu madre.

Pues mira, quiero muchísimo a mi madre, efectivamente, pero no me da la gana de compartir ese mensaje. Primero, porque ya digo que me jode mucho ese tipo de chantaje. Y segundo, porque en el fondo, con la excusa de alabar las infinitas cualidades que por lo visto brotan de la nada cuando eres madre y te revisten de esos superpoderes, lo que venía a decir era que ser madre significa que tienes que entregarte a una vida de abnegación absoluta, que tus hijos no sólo son lo más importante sino prácticamente lo único en tu vida y que debes entregarte a esa tarea sin la más mínima duda o protesta y realizarla a la perfección, porque si no eres una mala madre. Vamos, que al final el mensaje desprendía un tufazo rancio, el que emana de una idea que todavía persiste con más fuerza de lo que nos creemos, y es que con las mujeres no puede haber medias tintas: o somos santas o somos putas. Y por ahí no paso. Adoro a mi hijo, sí, es lo más importante que me haya ocurrido nunca, de acuerdo, y daría mi vida por él si es necesario, pero no es lo único, ni mucho menos. Hay vida más allá de él, y aunque él sea mi prioridad (así estoy de monotemática :P), no quiero quedarme reducida para siempre a ser madre de. Que lo soy, y a mucha honra, pero antes de nada, soy persona. Como todas las mujeres, seamos madres o no.

miércoles, 17 de julio de 2013

Feminismo: el "conceto"

Supongo que a estas alturas ya os resultará un poco cansino el tema, lo entiendo, pero me gustaría dar mi opinión, que para eso tengo el blog :P. Se ha hablado mucho de las polémicas fotos de los sanfermines en las que se ve a chavalas más o menos alegres y chuzas enseñando las tetas. Bueno, enseñarlas, poco, porque están tapadas por docenas de manos de tíos igualmente chuzos y doblemente entusiasmados que, en cuanto se suben las chicas la camiseta, levantan sus brazos para sobar aunque sea un centímetro cuadrado de mama. Que si era acoso sexual, que si sólo era una consecuencia intrascendente del jolgorio, que qué perra habéis cogido con los sanfermines porque los pamplonicas no tienen culpa de esas barbaridades que hacen los que vienen de fuera, que a los tíos también los meten mano las chicas... Parto de este caso concreto porque me sirve de ejemplo, pero lo que voy a comentar se puede aplicar a otras muchas situaciones.


El problema es complejo, desde luego, porque se conjugan en él varias cuestiones. La primera es si las chicas se han buscado que las magreen por enseñar las tetas. La cuestión en sí ya tiene tela: volvemos al clásico “ellas se lo han buscado por andar provocando”. Parece mentira que a estas alturas todavía nos planteemos dudas sobre este tema. Aquí también se mezcla otro asunto, el del exacerbamiento de las masas (porque, obviamente, un tío solo no se atrevería a meterle mano a una chavala, so pena de llevarse un guantazo, pero si lo hacen quince o veinte tíos a la vez, a ver quién les chista), que también da para mucho, y reconozco que en esas condiciones es difícil que un ser humano tenga completo uso de su raciocinio, y más si va hasta arriba de kalimotxo o cualquier otra sustancia embriagante. Pero aun así, el mero hecho de plantearse que esos berracos tienen derecho a meterle mano a una chavala porque ella se ha despelotado ya indica que algo mal. Salvo que la chica expresamente lo solicite, nadie tiene derecho a meterle mano si ella no lo ha pedido, por mucho que enseñe las tetas o cualquier otra parte de su cuerpo. Y no “aunque” vaya borracha, sino con más motivo si es así, porque es una canallada y una mezquindad aprovecharse de alguien que tiene sus facultades mermadas.


Al menos ella tuvo más vista con los hombres que su madre...
A eso he leído a más de una persona y más de dos responder que no pasa nada, porque al revés ocurre igual: también hay chicas que meten mano a los chicos, incluso los acorralan y los magrean contra su voluntad, especialmente a chicos con pinta de deportista, a los que llegan a arrancar la camiseta para sobarle los abdominales. Ah, qué bonito. Como ellos nos meten mano, nosotras hacemos lo mismo, aunque a ellos no les apetezca. (Porque, por supuesto, estoy hablando de casos en los que la persona sobada no quiere que se le sobe: Baco me libre de ponerme en contra de las orgías libremente consensuadas.) Aunque ahí creo que entra en juego otro concepto tan erróneo y perjudicial para los hombres como para las mujeres: que cualquier hombre, por el mero hecho de serlo, estará encantado de la vida de dejarse avasallar y hasta violar por una mujer, o mejor si son varias, sean atractivas o no, porque para eso es un machote y tiene que demostrar en cualquier momento y circunstancia que su hombría está a punto para ser desenfundada. A lo mejor soy muy ignorante en ese tema, no dudo de que la testosterona influye mucho en los hombres, y en general suelen ser menos selectivos que nosotras, pero aun así me niego a creer que no les importe que cualquier mujer les meta mano y que les apetezca siempre y con cualquiera. Es lo que tienen los prejuicios: los padece el que es víctima de ellos, pero también limitan y a la larga perjudican a quien los aplica.


Pero, como digo, la cuestión principal me parece que está en otro concepto mal entendido: la igualdad. Muchos de los males achacados al feminismo vienen de esa confusión. Se ha extendido la creencia de que el feminismo predica la igualdad entre hombres y mujeres sin matices de ningún tipo, que en el fondo esa igualdad consiste en que las mujeres hagan lo mismo que los hombres, que cometan los mismos errores si es necesario. Así, si los tíos nos meten mano aunque sea sin permiso, nosotras hacemos lo mismo con ellos. Si mi chico me arrea un cate, en vez de mandarle a la mierda y la próxima vez que quiera estar con otro buscarme uno que no arree cates, yo le meto otro. Alucinante, ¿verdad? Pues más de un caso he visto ya de esto último. Es algo que implica no sólo una concepción equivocada de lo que es la igualdad, sino algo más profundo y que es lo que realmente está en la base del problema: la falta de respeto por los demás y, en último término, por uno mismo. Si respetas a tu pareja, no la maltratas ni la desprecias. Si respetas a los seres humanos del otro sexo (o del mismo, si eres gay; no conozco si hay casos, pero me imagino que en todas partes se cocerán habas), no les metes mano indiscriminadamente sin saber si lo desean o no. Si te respetas a ti mismo, no les haces a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. Y para mí ésa es la base del auténtico feminismo: el respeto. Que los hombres respeten a las mujeres para que éstas puedan tener igualdad de derechos y de oportunidades, que no se les exija ni más ni menos que a ellos en igualdad de condiciones, y, por supuesto, las mujeres también deben respetar a los hombres; quien demuestre no merecer ese respeto, debe sufrir las consecuencias sociales y legales pertinentes, sea cual sea su sexo. Por eso me considero feminista. Y por eso la próxima vez que oiga a alguna idiota decir aquello de “yo no soy feminista, soy femenina”, le diré “tú lo que eres es gilipollas”. Porque estoy hasta los cojones de que se confundan el culo con las témporas. Ea.

jueves, 11 de julio de 2013

Tres

Tres años. Hoy cumplo tres años con Carlos, el que es el hombre de mi vida y el padre de mi hijo. También somos tres ahora en casa, con Eric. O cinco, contando a los gatos, que también son de la familia, pobretes. 

Tres años. Si hace tres años y un día me dicen que hoy iba a estar escribiendo lo que acabo de escribir, les habría preguntado que qué habían fumado, que yo también quería porque tenía pinta de ser muy bueno. Qué cosas.

Son reales, lo juro.

No es más que un número. Hace dos días estaba exactamente en la misma situación que ahora. Pero los humanos somos así, nos gusta marcar hitos, establecer símbolos, asignar un significado a lo arbitrario para dotarlo de sentido. Pero para los humanos pequeñitos, como para cualquier animal, eso no se aplica. Ahora mismo escribo esto al lado de mi hijo, mientras con un pie mezo su hamaca para que se eche un sueñecito, que le está costando, en plan mujer orquesta. Así es ahora mi vida, y es la razón por la que no he escrito nada desde hace algo más de tres (otra vez el número) meses: un bebé es lo más parecido que hay a un agujero negro en cuanto a poder de atracción. Todo (familia, amigos, actividades, necesidades) es arrastrado a su órbita sin remedio. Es ley de vida: el humano pequeñito tiene que crecer y llegar a adulto con éxito y para ello se dispondrán todos los medios necesarios. Pero por ahora, para él, tres años no significan nada, como tampoco tres minutos. Vive en un presente continuo, en el que en un momento está llorando porque la tos de su madre le ha asustado (estamos acatarrados, sí, mi tesssoro) y al siguiente se ha dormido gracias al balanceo de la hamaca.

A este paso, Eric tendrá más peluches que la prota de "Dentro del laberinto".
En fin, poco a poco, iré haciendo mi vida, mientras me dedico a criar a mi humano pequeñito.  En este momento, mientras escribo al mismo tiempo que mezo su hamaca, miro su preciosa carita perfecta y eso me compensa el esfuerzo de hacer de mujer orquesta. Perdonadme que me haya vuelto un poco monotemática. Es lo que tiene pasar las 24 horas del día con un humano pequeñito. Pero procuraré no descolgarme del todo por el horizonte de sucesos . Ya iré dando noticias por aquí de vez en cuando. Sed felices.


viernes, 1 de marzo de 2013

Immigrant Song


“Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.”

(Antonio Machado, A un olmo seco)



No es la primera vez que cito estos versos. Ya lo hice hace tiempo en mi fotolog, aunque entonces sólo esperaba que la primavera volviera. Ahora espero un milagro auténtico, que nacerá casi al tiempo que esa primavera. Se llamará Eric, como el Rojo, nombre que evoca sagas nacidas de la nieve y el hielo, ese hielo al que Erik Thordvaldsson, Erik el Rojo, consiguió vencer fundando las primeras colonias estables en Groenlandia en el siglo X. Él venía de la dura y feroz Islandia de hielo y de fuego, y se asentó con éxito en las costas de una tierra más hospitalaria que ahora, una tierra verde (de ahí su nombre) hasta que la Pequeña Edad de Hielo, cinco siglos después, la reclamó de nuevo para las nieves perpetuas. Hijo de un exiliado, padre de otro pionero, Leif Eriksson, que llegó a establecerse en las costas de lo que hoy es Terranova y que él llamó Vinland porque ese clima más suave evocaba tierras de vino dulce, aunque sus colonias no prosperaron tanto tiempo como las de su padre.

Ojalá tenga mi hijo la audacia y la determinación de esos vikingos que hace mil años se aventuraron en pos de una prosperidad en la que no habían crecido. Le vendrá bien en estos tiempos en los que de nuevo el hielo y el fuego amenazan con arrasar las praderas primaverales que apenas habíamos vislumbrado. Ojalá cuente también con la fuerza de Thor, la astucia de Loki, la sabiduría de Odín, y suya sea la bondad de Balder, pero no su amargo final. A él le dedico esta entrada porque supongo que me tendrá bastante ocupada como para que no vuelva a escribir aquí durante una buena temporada :P. Para él es esta canción de Led Zeppelin, que ellos dedicaron a esos hombres del norte:


Venimos de la tierra del hielo y la nieve,

desde el sol de medianoche donde brotan las aguas termales.

El martillo de los dioses conducirá nuestras naves a nuevas tierras,

para luchar contra la horda, cantando y gritando: ¡Valhalla, estoy llegando!



Arrasamos con remos trilladores. Nuestra única meta será la costa occidental.



Venimos de la tierra del hielo y la nieve,

desde el sol de medianoche donde brotan las aguas termales.

Cuán suavemente tus campos tan verdes pueden susurrar cuentos de sangre,

de cómo calmamos las corrientes de guerra. Somos tus jefes supremos.



Arrasamos con remos trilladores. Nuestra única meta será la costa occidental.



Así que ahora será mejor que pares y reconstruyas todas tus ruinas,

para que la paz y la confianza puedan triunfar a pesar de todas tus derrotas.





miércoles, 27 de febrero de 2013

El sueño de los muertos


Ya amenazaba ayer con otra reseña, y hoy cumplo mi promesa. Si ayer era sobre un libro de poesía, esta vez es sobre un libro de fantasía, un género al que estoy más acostumbrada a leer, como mucha gente, pero no por ello sufre menos de un exceso de tópicos sobre sus características, al igual que la poesía.

No abundaré mucho sobre esos tópicos, la mayoría los conocemos de sobra (literatura apta sólo para niños y adolescentes, escasa calidad literaria, abuso de estereotipos, etc.). De todo hay, pero por suerte siempre ha habido grandes autores que han demostrado la falsedad de esos mitos, y en los últimos años, gracias al éxito de algunos de ellos, como George R. R. Martin con su Canción de hielo y fuego o al de Andrzej Sapkowski con la saga de Geralt de Rivia, el público lector más generalista ha empezado a comprobar que la literatura fantástica no sólo no tiene por qué ser un calco de Tolkien, sino que además no tiene nada que envidiar en calidad a la literatura realista. Lo que parecía más raro es que este género se cultivara en nuestro país. Pero también en las últimas décadas este tópico se ha ido desmintiendo, igual que otro que asegura que la fantasía interesa más a los hombres. De modo que la novela que voy a comentar es una rompetópicos, la mires por donde la mires: literatura fantástica de calidad, escrita por una española. Toma ya.

Me refiero a El sueño de los muertos, la nueva criatura de Virginia Pérez de la Puente. No es su primera obra publicada; ya hace un par de años sorprendió con su debut en Ediciones B, Öiyya: la elegida de la muerte, una más que estimable ópera prima. Por supuesto, Virginia no partía de cero, ya llevaba años fogueándose a base de escribir relatos, fanfics, presentarse a concursos... Así que su debut literario en la industria editorial no fue ningún farol. Pero la experiencia es un grado, y se nota en esta segunda novela que publica, nada menos que con Minotauro. Os copio la sinopsis que aparece en la contracubierta, para que os hagáis una idea de su argumento:


“En un reino al borde de la guerra, los destinos de un futuro rey y un esclavo que no se conocen parecen estar irremediablemente unidos.

El príncipe heredero de Novana, Danekal, intenta averiguar quién está detrás del atentado que casi le cuesta la vida a su padre en vísperas de la firma de un tratado con la reina de un país vecino. Al mismo tiempo deberá lidiar con los nobles que esperan la muerte del rey Tearate para hacerse con la corona, una horda invasora y sus propios fantasmas interiores.

Ajeno a ello, Kal, un hombre esclavizado por su capacidad para encauzar una antigua magia llamada Shah, pugna por liberarse de las cadenas que lo someten a la mujer que obtiene de él su poder: su Melliza.

Pese a sus enormes diferencias, el futuro rey y el esclavo descubrirán que existe entre ellos una unión, y que es mucho más profunda de lo que ambos suponen.”


En efecto, éste es el principal hilo argumental de la historia. Pero hay más, mucho más: multitud de personajes secundarios, tramas paralelas que al final están más relacionadas entre sí de lo que parece... El principio de la novela sirve para presentar estos personajes y tramas, por lo que el ritmo es más pausado, aunque no por ello aburrido, pues la información está bien dosificada y se alternan esos personajes con sus respectivas tramas de forma que no se hace pesado; pero una vez que arranca definitivamente la acción, el ritmo se vuelve imparable gracias a giros argumentales que te incapacitan para soltar el libro hasta que no has leído por lo menos unos capítulos más. Venga, por lo menos hasta saber qué pasa con este personaje. Bueno, espera, un poco más, que ahora aparece este otro, a ver qué pasa. Y así te encuentras con que te has leído ciento y pico páginas del tirón sin darte cuenta, como me pasó a mí. Hacía tiempo que no me enganchaba así con una novela, en serio. Gran parte de ese mérito lo tiene la propia historia, que ya es suficientemente atractiva por sí sola. Pero no hay que despreciar en absoluto la parte que corresponde al estilo de Virginia, muy depurado pero sin caer en la pedantería; al contrario, hay diálogos, a veces desternillantes, en los que los personajes no se cortan un pelo si tienen que soltar una vulgaridad, lo que no significa que lo hagan de forma gratuita para llamar la atención: se expresan de forma natural, adecuada en cada caso a las características y a la situación del personaje. Esa naturalidad dota de una gran agilidad a los diálogos y al mismo tiempo define a los personajes sin necesidad de añadir acotaciones que lastren el ritmo. Las descripciones son breves y precisas, y se nota que están bien documentadas. Se percibe un trasfondo muy elaborado: no en vano esta novela se puede considerar parte de una trilogía que, si bien no es continuidad de la anterior, Öiyya, pues no sigue su trama ni, salvo en un caso, cuenta con los mismos personajes, por lo que se puede leer de manera independiente, sí está ambientada en el mismo mundo, el continente de Ridia, que se está revelando mucho más amplio y variado de lo que aparentaba en un principio. Así, se nos presenta una variedad de naciones y pueblos con sus respectivas historias y culturas que a mí personalmente me parecen bastante atractivas.

Si bien ésta es una de las principales bazas de la novela, hay un caso en el que me da la impresión de que juega en contra suya, en lo que supone tal vez el único reproche que le puedo hacer: me refiero a una de las tramas secundarias, la de los berenitas, una secta dirigida con puño de hierro (y tal vez con martillo de Thor :P; cuando leáis la novela comprenderéis a qué me refiero) por Vantar, todo un ejemplo de lo que un líder fanático es capaz de conseguir cuando se empeña en destruir a los enemigos de la fe y tiene los medios y los seguidores necesarios a su alcance. La trama en sí es interesante, está bien llevada y establece un contrapunto interesante con otras subtramas, especialmente con todo lo relacionado con el mundo de las shalhias y los shalhed (esto es, los Mellizos). Pero, aunque está relacionada con la trama principal (y, como se descubre al final, de una manera más directa de lo que se sospecha en un principio), durante casi toda la novela me dio la impresión de que transcurría un poco descolgada del resto, como si no fuera imprescindible para que la trama principal no cojeara. Pero, por otra parte, ya digo que es una trama interesante en sí, y me da la impresión de que en el futuro puede tener una continuación en la siguiente novela de la trilogía (aunque ya digo que cada novela es independiente en cuanto a su argumento), así que tal vez sería mejor esperar a que se publique esa siguiente novela para poder valorarla en su conjunto.

En cualquier caso, no me impidió en absoluto disfrutar de la novela, al contrario. Para resumir, destacaré lo que más me ha gustado: historia muy interesante y con un punto onírico bastante original; tramas que enganchan; personajes variados, atractivos y algunos muy carismáticos (ojo, por cierto, con encariñarse con ellos... y no digo más :P); estilo cuidado al tiempo que ágil de leer... Ingredientes más que suficientes para gozar de su lectura. Os la recomiendo, sin duda.

martes, 26 de febrero de 2013

Poesía eres tú


Ya advertí en su momento que no soy buena reseñista. Como filóloga, se supone que es algo que no debería costarme mucho esfuerzo, ya que en teoría adquirí mientras estudiaba las herramientas necesarias para analizar un texto. Pero es que no soy buena analizando en general, para qué lo voy a negar XD. Funciono mucho más por intuición, de modo que, modestamente, creo que no tengo demasiado mal gusto para reconocer la calidad, pero no atino a explicar por qué. Tal vez no debería preoocuparme por eso; el análisis literario es útil, por supuesto, para entender los mecanismos de la producción de una obra de arte, pero en última instancia no determina qué es lo que hace que un escrito tenga esa calidad de obra de arte. Si no, el arte no sería arte sino mecánica.

Es curioso, cuando estudiaba COU realicé entonces un trabajo sobre un poema de Vicente Aleixandre que me reportó alabanzas por parte de un par de profesoras. Debe de ser la única vez que he hecho un análisis profundo y bien argumentado de una obra literaria. Por supuesto, tenía fresco lo que habíamos estudiado sobre la poesía de Aleixandre, y encima había descubierto que sus poemas me gustaban; ayudaba el comprender mejor sus imágenes gracias a lo que me habían explicado en clase acerca de sus claves personales de escritura, pero también de por sí esas imágenes me resultaban muy evocadoras. Además, está el hecho de que Aleixandre es uno de los mejores poetas en lengua castellana :P. El caso es que cuando nos tocaba estudiar poesía, me solía gustar lo que leíamos, pero luego no tomé la costumbre de leer poesía por mi cuenta. Supongo que sobre todo porque parece más fácil leer narrativa que poesía, para la cual da la impresión de que necesitas más concentración. Se me hace raro leer poesía en el metro, por ejemplo, aunque creo que es más prejuicio que otra cosa.

Total, que por comodidad y también porque me gustan mucho las novelas y tampoco me sobra tiempo para leer todo lo que me apetezca, no leo apenas poesía. Pero no porque no me guste ni porque piense que es tiempo perdido. Hay gente que no le gusta la poesía; no me voy a meter en gustos, aunque no se puede negar que hay mucho prejuicio contra la poesía por culpa de la extendida creencia de que es una cursilada. Por desgracia, muchos malos poetas de foulard (os aconsejo, por cierto, que busquéis una noticia de El Mundo Today sobre un poeta que tuvo que ser rescatado hace poco por los bomberos de la presa de su propio foulard en el que se había enredado, es descacharrante XD) han contribuido a esa mala imagen. Pero a poco que uno lea poesía se da cuenta de que no sólo hay una gran variedad de estilos, sino que, sobre todo, la poesía realmente buena no tiene nada de cursi.

Por otro lado, mucha gente que no lee nunca poesía, sobre todo en el caso de la poesía contemporánea, alega que “no la entiende”, y por eso no la lee, porque, ¿para qué? Yo les diría que tampoco entiendo muchas veces exactamente qué quiere decir el poeta por culpa de esa falta de capacidad para el análisis que me aqueja, pero que en realidad eso no importa, porque no se trata de comprender racionalmente, sino de sentir. Y hay poemas que, cuando los leo, siento lo que dicen como algo con lo que me puedo identificar. De una forma irracional e intuitiva sé lo que quieren decir los poetas, o al menos lo asumo como algo propio. Ni siquiera sé si realmente pensaban expresar lo que yo he entendido, es muy posible que no sea así en muchos casos. Pero consiguen tocar algo dentro de mí, y eso es lo que cuenta. Así me ha ocurrido con la obra poética de alguien que conocí por casualidad en este volátil y azaroso mundo de Internet, y que me ha hecho volver a leer poesía. Hablo de Fernando López Guisado, cuyo último poemario publicado, La letra perdida, está a mi lado en este mismo instante, firmado por el propio autor. Lo leí hace poco en medio de una madrugada insomne; sería muy tópico decir que era el momento más adecuado, pero la verdad es que lo disfruté. En parte, porque compartimos claves generacionales que me hacen identificarme especialmente con sus poemas, con sus mínimas (sólo por extensión) historias de fracaso y redención, de amor y de muerte, de rutina cotidiana trascendida por una imaginación sin límite. Pero creo que cualquiera puede disfrutar de su lectura. Fernando es el perfecto ejemplo de poesía viva, certera, en las antípodas de la cursilería y que no sólo no se evade de la realidad sino que se hunde en ella y la analiza de una manera tan acertada, como un forense que diseccionara un cadáver putrefacto, que se pringa en su suciedad hasta darle la vuelta y extraer belleza de la podredumbre. Hay veces que una imagen suya te fascina porque te repele, como un cuadro de Francis Bacon; otras en que sientes el latido del horror cósmico que a todos nos ha podido asaltar alguna vez en esa hora perdida de la noche en la que todo duerme y sin embargo sabes que la bestia debajo de la cama sigue allí agazapada al cabo de los años, que nunca se fue aunque te aseguraran que cuando tú crecieras desaparecería. En otras sientes el desgarro del amor que lucha contra la muerte porque, aunque sepa que acabará perdiendo la guerra, tiene que luchar batalla a batalla porque no se puede hacer otra cosa. Y algunas veces sonríes con la boca sesgada, y hasta te ríes a carcajadas de una paradoja que tú también has vivido y que ridiculiza con la precisión del bisturí del forense. Para que os hagáis una idea, y con el permiso de Fernando, reproduzco dos fragmentos de dos poemas que me han gustado especialmente: 


“(...) Quiero que me mates cuando llegue el día en que no pueda
verte como entonces: con tu alma haciéndome todavía huir
de la locura afilada que rezuma enfermando los corazones
y provocando la náusea. No quiero ser un cangrejo incapaz
de llevar la boca a la cuchara (y me conformo sólo con llevarla),
de recordar un poema, o el nombre de mi abuelo, o la prueba
que me hicieron una semana antes para prorrogar la función.
No quiero gemir aparcado en un tiesto, ni volver a los pañales,
gritarle a cualquiera creyendo que quiere hacerme daño
(me hará daño) o que un familiar sea un extraño en el umbral.
Mátame, pero recuérdame que el paraíso está en ese coche, justo antes de casarnos (…).
Mátame mientras suena aquella cancion.”



“Quiero confesar que soy una mala persona. Soy el Rey de Amarillo.
Soy tu envidia, tu pecado de lujuria insana que no permitiría un dios
por muy indecente que fuera en sus premisas de libertad. Soy tú. (…)
Soy el Rey de Amarillo y quiero más:
probar el tacto de una espada hundida hasta el puño en una tripa, usar
diez veces más papel higiénico del necesario y abandonar la comida
en cualquier mesa procurando que quede todo lo más sucio posible. (…) Mear sobre
el rostro sollozante de la hipocresía de los que se dicen malditos.
Soy el corazón roto, el filo del cuchillo, la sangre y el rencor
almacenados en un tarro de kéfir en el fondo de la nevera. Quiero
confesar que son una mala persona aunque intento superarme.
Soy el Rey de Amarillo. Soy tu humanidad y he venido a quedarme.”


Podéis también echar un vistazo a su blog, Buenas Noches Nueva Orleans, que ya he citado más de una vez y en el que incluye tanto poemas de este poemario y de otros que ha publicado anteriormente o aún no publicados, como entradas tan oníricas como lúcidas sobre todo tipo de temas. En cualquier caso, leed poesía. De Fernando, de quien queráis, pero leed y maravillaos. 

PD: En cuanto pueda, sufriréis otra reseña, aunque se me dé fatal :P, en este caso de la última novela que he leído, El sueño de los muertos.

jueves, 24 de enero de 2013

El tío de Peter Parker

-->
Hemos operado a Leia. Vamos a ser precisos: los veterinarios han operado a Leia para castrarla. Pobre mía, lo está pasando mal. Ahora mismo lleva puesta una redecilla que le cubre el cuerpo para que no se toquetee/lametee/arranque los puntos, además del famoso collar isabelino (el embudo, vamos) que evita lo mismo. Se tira la mayor parte del tiempo durmiendo, aunque ya va comiendo y el veterinario dice que la ve bien y que está evolucionando correctamente y sin complicaciones. Demasiado bien se está portando, pobrecita mía. La noche que la operaron consiguió, no sabemos cómo (sospechamos que con la colaboración de Bu) quitarse el dichoso collarín, pero conseguimos ponérselo de nuevo y no ha vuelto a hacer amago de quitárselo, me imagino que porque se debió de hacer daño en el proceso. También sospecho que está más apagadilla en parte por eso; el dichoso collar la tiene desorientada, va dando bandazos cuando anda y eso la debe de deprimir un poco, aunque supongo que lo peor será el dolor de la cicatriz, claro. Sé que a la larga será mejor para ella: ya ha tenido tres celos y cada vez le daba más fuerte y lo pasaba peor, porque sentía que le ocurría algo pero no sabía qué ni qué remedio ponerle, lo único que podía hacer era ponernos el culo en pompa y emitir maulliditos lastimeros pidiendo que la ayudáramos... Total, para nada, porque no queríamos que tuviera gatitos de los que luego no podríamos hacernos cargo (para colmo, el veterinario nos dijo después de la operación que habían comprobado que tenía una parte del útero más larga de lo habitual; le ocurre a muchas gatas, son las que están preparadas para tener camadas más numerosas, como para haber dejado que la preñaran) y para que lo pasara mal y luego corriera el riesgo de desarrollar tumores...

Total, hemos hecho que la operen convencidos de que es lo mejor para ella en sus circunstancias, y lo sigo pensando. Aunque le suponga unos días de molesta convalecencia, dentro de un tiempo se habrá olvidado de lo que era tener el celo y vivirá tranquila el resto de su vida. Pero también me hace plantearme algo que precisamente comentaba en su blog (lo recomiendo) Aura Zombie. ¿Qué potestad tenemos para tomar decisiones como domesticar a un animal o traer un hijo al mundo? En el caso de los gatos, que son más oportunistas, me parece que la alianza beneficia a ambas partes. La vida de los gatos callejeros es más arriesgada, suelen vivir la mitad o menos que los gatos domésticos, y eso los que logran superar sus primeros meses de vida sin sucumbir a enfermedades, accidentes, etc. Un gato casero sigue siendo un gato, su carácter no cambia sustancialmente salvo en el caso de los machos castrados, que pierden parte de su agresividad, y doy fe de que disfrutan de la tranquilidad, la rutina y la comida servida en cómodas porciones. En el caso de los perros ya es otro cantar. El hombre seleccionó a los cachorros de lobos más dóciles, y de los perros que resultaron de esa selección, durante milenios prosiguió seleccionando artificialmente a los que tenían determinadas características según sus necesidades, lo que llevó a la creación de las distintas razas. Pueden ser muy distintas entre sí, pero prácticamente todas tienen algo en común: la dependencia del animal respecto a su amo. Algunos perros, según su carácter y su raza (o mezcla de razas), están más capacitados para sobrevivir en un entorno salvaje en caso de que sean abandonados. Pero la mayoría de los perros abandonados acaban muriendo porque no son capaces de apañárselas solos y no pueden evitar esos accidentes y enfermedades de los que antes hablábamos en una proporción aún más elevada que en el caso de los gatos. Dependen de nosotros porque así es como los hemos hecho. Otro tanto ocurre con la mayoría, si no todos, de los animales domésticos: por ejemplo, las vacas lecheras, por culpa de una selección similar, han llegado a un punto en el que no sólo producen leche cuando tienen un ternero, que es lo natural, sino constantemente a lo largo de casi toda su vida, y morirían si les faltara el ordeño diario porque las mamas les reventarían de leche acumulada y enranciada. De modo que, a cambio de una existencia más segura (y de nuestro propio provecho, desde luego), les hemos quitado a los animales domésticos la capacidad de sobrevivir por sí mismos sin depender de nuestra manutención y cuidados. Una apuesta arriesgada, sin duda.


Por no hablar del tema de los hijos. Es cierto que, como en todos los seres vivos, el instinto de reproducción es uno de los más poderosos en los seres humanos. Es natural que muchos deseemos reproducirnos (dejando aparte el hecho de que el medio para conseguirlo nos guste a todos, queramos reproducirnos o no :P). Yo misma he tenido siempre el deseo de tener hijos, y pronto lo voy a cumplir. Pero cuando nuestra especie ha llegado a niveles de plaga mundial y hay millones de niños desamparados en el mundo, ¿qué sentido tiene traer más criaturas para contribuir a la superpoblación? No hace mucho descubrí la existencia del Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria. Suena a cachondeo, y desde luego los que participan en este movimiento hacen gala de un gran sentido del humor. Pero bajo esa apariencia cómica subyacen tesis que te hacen pensar seriamente en el problema. Como seres pensantes que no sólo obedecemos a nuestros instintos sino que podemos controlarlos según convenga a las circunstancias que nos rodean y que somos conscientes de cuáles son esas circunstancias, tenemos la capacidad y, sobre todo, la responsabilidad de relacionarnos con nuestro entorno de la forma más respetuosa y menos perjudicial posible. Ya lo decía el tío de Peter Parker: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Si fuéramos absolutamente coherentes, hace tiempo que habríamos limitado drásticamente la tasa de reproducción en la mayoría de los países. Por supuesto, no digo que tengamos que hacerlo al estilo chino, y también sé que ése no es el único problema: también tendríamos que haber dejado de practicar la guerra, el comercio injusto, la producción de residuos contaminantes, la tala de árboles, la caza de animales si no es estrictamente por necesidad alimenticia, y tantas y tantas barbaridades que el ser humano sigue cometiendo. Y, por supuesto, deberíamos redistribuir las riquezas de manera que la pobreza desapareciera. En fin, todo este festival de obviedades viene a cuento de que a veces, pensándolo, me siento un poco culpable por traer un hijo al mundo. Sobre todo al mundo actual y futuro, que no va a ser mejor que el que hemos conocido, al menos en muchos aspectos. Me asusta un poco que un día mi hijo me pueda reprochar haberle hecho nacer en esta bola rocosa repleta y siempre al borde del desastre.

Pero luego pienso que, con suerte y con la educación que nosotros podamos darle, a lo mejor él y otros como él constituirán la generación que por fin conseguirá poner fin al expolio al que estamos sometiendo a nuestro planeta, o al menos serán los que comiencen el proceso antes de que sea demasiado tarde. Supongo que soy demasiado optimista respecto a la naturaleza humana, y encima le estoy colgando un enorme y mesiánico marrón a la pobre criatura antes de que haya nacido XD. Pero su padre y yo haremos todo lo que podamos por darle una educación que le haga consciente y responsable. Luego él que haga lo que quiera.

Por descontado, tengo que despedirme con esta canción. No me diréis que no viene a huevo XD:


jueves, 10 de enero de 2013

Días de garrafón y Guns'n'Roses

Qué alivio que hayan pasado las fiestas navideñas... No están mal, pero si no tienes vacaciones o las tienes indefinidas como yo, generalmente se reducen a unos cuantos días de reuniones familiares y comilonas que te dejan exhausto. Las reuniones con amigos están muy bien, pero si se juntan con las familiares y las comilonas también acaban dejándote hecho unos zorros, como me pasó el finde que se juntó con Nochevieja y Año Nuevo. El sábado por la noche salimos y nos lo pasamos muy bien, pero acabé agotada. Eso sí, fue una noche curiosa.  Primero, me hizo ilusión comprobar que el único garito heavy de Huertas sigue abierto después de veintisiete años en activo: el Rainbow. Sigue siendo tan cutre como siempre, lo único que ha cambiado es que han puesto una tele plana para ver los vídeos y que ahora también sirven mojitos (ni un solo bar de Huertas sin mojitos). Luego deambulamos por algunos sitios más, hasta que terminamos la noche en otro local que no mencionaré aquí porque no me da la gana de hacerle publicidad (al Rainbow es que le tengo cariño :P), pero si vais por la plaza de Jacinto Benavente seguro que sabréis de qué garito hablo. 

El lugar en cuestión es una discoteca, pero fuimos atraídos por su oferta musical que, en principio, es más decente que la del resto de discotecas de la ciudad. En vez de pachangueo y maquineo, pinchan rock, pop indie y hasta algo de metal, aunque también acaban metiendo algo de chunda chunda, pero más industrial. Dejando aparte el tema de que no me hizo ni puñetera gracia pagar diez euros por entrar para consumir un triste zumo (de todas formas, ese problema lo tengo casi siempre, ya que habitualmente no consumo copas sino cervezas, por eso no me hace gracia pagar entrada en general), el garito no tenía mala pinta. Para mí, de hecho, era algo nuevo, porque en los pubs sí he visto siempre bastante variedad de gente, pero en las discotecas, al menos cuando yo iba, el público estaba mucho más compartimentado, por decirlo de alguna manera. A las discotecas heavies íbamos los heavies, como mucho gente con pintas "estándar" pero a los que les gustaba la música; nunca encontrarías a un pijo habitual de Pachá en el Canciller, eso seguro. Por otra parte, en las discotecas "normales" la música, por lo que vi las dos o tres veces que fui, era lo de menos: la gente, como supongo que seguirá ocurriendo, iba a 1) pillar cacho, 2) pillar cacho, 3) venga, a ver si hoy por fin pillamos cacho y 4) ponerse ciegos de cubatas. A ver, no es que los heavies no quisiéramos pillar cacho, lo estábamos deseando como el que más, y también la mayoría eran partidarios de ponerse ciegos a cubatas (de garrafón, of course, aunque luego descubrí que también lo ponían en las discotecas pijas, lo que tiene más delito porque la entrada era más cara); pero también la mayoría íbamos porque realmente nos gustaba la música que pinchaban en las discotecas heavies. Al menos, ésa era la impresión que me daba (chúpate la tilde, RAE, ¡¡¡sí!!!: La RAE pierde la batalla contra la tilde en las palabras "sólo" y "éste" - fin del inciso exaltado). Sí, admito que esa supuesta inocencia que les atribuyo a mis coetáneos musicales es posiblemente una proyección de mi propia inocencia que no tiene por qué corresponderse con la realidad. Pero ya más de una persona y más de dos que no pertenecían al mundillo pero sí habían hecho incursiones en él acompañando a amigos heavies y que habían podido comparar entre distintos ambientes me han confirmado que se habían llevado la misma impresión que yo.

Por eso me chocó un poco el ambiente que observé en esa discoteca en la que estuve el fin de semana anterior a Nochevieja. La música, aunque no coincidiera plenamente con las discotecas heavies, sí que se podía catalogar de manera amplia como rockera. Supongo que esa discoteca se ofrece precisamente como alternativa a los que quieren ir de discoteca pero no aguantan la morralla musical habitual, que también los hay, y en ese sentido me parece una idea bastante loable e inteligente por parte de sus promotores. Pero me hizo gracia comprobar que el ambiente era mucho más variopinto, una mezcla de lugar de moda, discoteca pija y un ligero toque de pub de barrio, incluso: gente joven sobre todo, muchos con pintas alternativas, otros con pintas heavies más clásicas, pero también mucho pijito, tanto de los pijippies aquejados por cierto complejo de culpabilidad como de los que complejo ninguno, mira qué mono voy con mi camisita de rayas finas; monas también eran muchas niñas que parecían sacadas de los vídeos de la MTV, a las que se comían con la mirada los José Luis López Vázquez de la vida, pegados a la barra y al cubata solos o en parejas, y grupitos variados en los que se mezclaban todos los anteriores y alguno más. Me hizo especial gracia un grupito de dos chicas y dos chicos (presumo que parejitas) que bailaban de la misma manera cualquier cosa que les echaran, ya fuera AC/DC, Rammstein, Guns'n'Roses, Muse, Placebo o Metallica: como si estuvieran en el plató de uno de esos antiguos programas musicales de televisión en los que la gente se meneaba desganadamente al ritmo de cualquier one hit wonder de turno cantando en playback. Criaturitas, ellos serán los futuros bailarines de paso único en las bodas de sus hijos; porque seguro que si habéis estado alguna vez en vuestra vida en una boda, los habréis visto: señoras y señores cincuentones que bailan absolutamente todo al mismo ritmo moviendo brazos y piernas como si les hubieran dado cuerda. Y así aguantan toda la noche, oye.

Hablando de bodas, había otro grupo que seguro que se había reunido por una ídem o algún evento similar: una parejita joven que sí tenía pinta de ser asidua al local, el probable padre rockero de uno de ellos y la mujer y los consuegros, que parecían mismamente sacados del público del programa de Ana Rosa Quintana o del Sálvame, amén de algunos primos recién venidos del pueblo. Los pobres consuegros estaban más perdidos que un abogado del Estado en "Hora de aventuras" :P.

Total, que Cristóbal Fortúnez, el de "Fauna mongola", tenía un filón en ese sitio como para seis o siete entradas de su blog seguidas. Yo no aspiro a tanto, pero al menos, los ratos en que me sentaba un poco a descansar o no bailaba porque estaba sonando alguna canción que no me llamara la atención como para jorobarme las cervicales, estuve muy entretenida observando aquel minizoo. Por supuesto, no pretendo aparentar que soy una observadora imparcial y al margen: seguro que yo también tengo un nicho en esa fauna mongola, probablemente algo a medio camino entre la recién llegada a la madurez que aún no se da por aludida y la abuela rockera cebolleta :P. Vamos, que aquel principio de la física cuántica según el cual el observador modifica al fenómeno observado por el mero hecho de observarlo no es nada nuevo, lleva aplicándose empíricamente en todas las sociedades humanas desde que el mundo es mundo XD.

En fin, que no estuvo mal el experimento, pero para qué quiero un sucedáneo si han vuelto a abrir el Excalibur. Hasta los de "La hora chanante" lo prefieren:


¡Soy heavy! ¡Soy heavy! ¡Cucu cha cucu cha cucu ueroooo!